Prejuicios, tolerancia cero, "reggetón" y el chino
Publicado: 29 Ago 2006 21:10
Hasta hace relativamente poco antropológicamente hablando, los humanos éramos poquitos en este planeta. La India era una tierra de selvas y bosques donde los ascetas podían caminar semanas sin ver un pueblo y los chinos, unas pocas tribus reunidas en las riberas del Río Amarillo. En nuestra península, bueno, se comenta que una ardilla podía recorrerla de norte a sur saltando de rama en rama de árbol sin tocar el suelo.
En estas circunstancias, encontrarse con otro hombre era un acontecimiento. Nuestros instintos de primates, el famoso "lucha o huye" se veían atemperados por la cultura, que exigía un ritual de saludo a veces complicado, con detalles que hemos conservado como dar la mano derecha (para demostrar que no tenemos un arma en ella, etc.)
En éstas que llega la revolución industrial y el mundo empieza a estar superpoblado, y nos vemos obligados a estar rodeados de desconocidos.
Nuestros instintos siguen ahí, y la latente amenaza que puedan suponer otras personas también. ¿Cómo lo conciliamos? Los sociólogos lo han estudiado, primero de un vistazo observamos y evaluamos cada persona con la que nos cruzamos, para inmediatamente fingir que no la hemos visto. Es lo que llaman "desatención cortés". Los orientales, dado que están acostumbrados a vivir entre multitudes desde siglos antes que nosotros, han perfeccionado este arte de "hacerse los locos" y hacer como que no ven lo que socialmente no es conveniente, hasta cotas de sumo refinamiento.
Pero el dicho de que "lo que no se usa se atrofia" en este mundo no sólo es aplicable a la fluidez en hablar idiomas extranjeros, el diámetro del bíceps y la efectividad de ciertos órganos colganderos, sino también a nuestra capacidad de evaluar y percibir la amenaza que suponen otras personas, dado que dedicamos poco tiempo a hacerlo, es algo inconsciente y repetitivo, y nuestros instintos se ven adormecidos por el clima de seguridad -siempre relativa- de nuestra civilización. La observación e intuición se ven substituidas por el aplicar prejuicios como el color, la raza y la forma de vestir, además de por las proyecciones de nuestros temores y carencias.
El miedo con el que algunos van por la vida, unido al gusto de pacíficos ciudadanos de etnias minoritarias de vestirse, hablar y comportarse como verdaderos delincuentes, pueden producir situaciones desagradables.
Mencionaremos el caso Goetz. En 1.984 el tal Goetz era un norteamericano blanco que decidió ir por la calle con una pistola oculta para protegerse de la inseguridad ciudadana. Por aquel entonces los negros afirmaban su personalidad provocando al personal: Un pacífico contable negro podía llevar un peinado afro y unas vestimentas dignas de un terrorista de los "Black Panthers", un estudiante de piano ostentar unos contoneos al andar y un vocabulario digno del chulo de putas más arrastrado. Todo ello se conjugó el dia en que iba Goetz en el metro y unos adolescentes de color le pidieron dinero al parecer de forma que luego describió como "insolente". Goetz, basándose en su color y en su "lenguaje corporal" infirió que iba a sufrir una agresión, sacó la pistola y abrió fuego contra ellos, malhiriendo a dos. ¿Acertó, se equivocó? ¿Héroe o psicópata? Desde luego, por lo menos, una víctima de los prejuicios.
Este monumento al "off-topic", este himno al ladrillo, viene a cuento de que me gustaría compartir un sucedido que me ocurrió la otra noche.
Bajé a horas un tanto intempestivas, por lo menos para mí, a la tienda de chinos que todos vamos teniendo en la esquina y con horario sumamente amplio. Según iba llegando por una calle solitaria, me encontré con la siguiente escena: Un par de adolescentes canijos, con el pelo cortado al elegante estilo cenicero y vestidos con todos los requisitos para salir el la portada de una revista que incluya un reportaje sobre los "Latin Kings" estaban agrediendo a un chino cuarentón. Uno de ellos incluso lo estaba agarrando por el cuello. A su lado, una niña china, con la belleza de muñeca de porcelana de las niñas chinas, más que llorar berreaba desconsoladamente. Cerca, en la puerta de la tienda dos chinas jóvenes contemplaban la disputa con la cara de piedra que tan bien se les da poner a esta gente cuando no quieren demostrar sus emociones.
Uno, por historias y teorías que en parte ha tenido el descaro de contar aquí, va por la vida en régimen de "tolerancia cero". Así que primera impresión: Los chinos son gente honrada y pacífica, este se ve atacado po r dos delincuentes, voy a ponerme al lado del chino, el que da primero da dos veces, al primer delincuente juvenil le voy a dar por la espalda. Y primera reflexión: Voy a preguntar qué demonios ocurre aquí.
Los chavales, en estado de suma indignación, me contaron atropelladamente que se habían acercado a la tienda para comprar unas cosas y que se habían encontrado con el chino intentando introducir a la niña llorona en el contenedor de la basura. Mientras hablábamos, la expresión del chino fue ensombreciéndose adoptando la universal de "me han pillado, soy más culpable que Judas". Mientras, la niña continuaba llorando y las chinas jóvenes seguían con su cara de póker.
¿Manera adecuada de tratar a los niños que lloran en la tradicional China? ¿Desahogo de un psicópata? Está claro que en esta sociedad la niña estaba recibiendo un maltrato, y necesitaba y merecía proteccion, así que calmé a los chicos, y tras preguntarles si estaban dispuestos a declarar sobre los hechos, llamé a la policía local, que se personó en un pis-pas. Tras una breve descripción de los hechos a los policías, como yo no había sido testigo de los hechos y no pintaba nada, me fui con la música a otra parte, mientras me perseguía la siguiente pregunta: ¿Goetz hubiera disparado a los chavales?
Un saludo, y no, no pido perdón por el ladrillo, esto ya rebasa lo perdonable.
En estas circunstancias, encontrarse con otro hombre era un acontecimiento. Nuestros instintos de primates, el famoso "lucha o huye" se veían atemperados por la cultura, que exigía un ritual de saludo a veces complicado, con detalles que hemos conservado como dar la mano derecha (para demostrar que no tenemos un arma en ella, etc.)
En éstas que llega la revolución industrial y el mundo empieza a estar superpoblado, y nos vemos obligados a estar rodeados de desconocidos.
Nuestros instintos siguen ahí, y la latente amenaza que puedan suponer otras personas también. ¿Cómo lo conciliamos? Los sociólogos lo han estudiado, primero de un vistazo observamos y evaluamos cada persona con la que nos cruzamos, para inmediatamente fingir que no la hemos visto. Es lo que llaman "desatención cortés". Los orientales, dado que están acostumbrados a vivir entre multitudes desde siglos antes que nosotros, han perfeccionado este arte de "hacerse los locos" y hacer como que no ven lo que socialmente no es conveniente, hasta cotas de sumo refinamiento.
Pero el dicho de que "lo que no se usa se atrofia" en este mundo no sólo es aplicable a la fluidez en hablar idiomas extranjeros, el diámetro del bíceps y la efectividad de ciertos órganos colganderos, sino también a nuestra capacidad de evaluar y percibir la amenaza que suponen otras personas, dado que dedicamos poco tiempo a hacerlo, es algo inconsciente y repetitivo, y nuestros instintos se ven adormecidos por el clima de seguridad -siempre relativa- de nuestra civilización. La observación e intuición se ven substituidas por el aplicar prejuicios como el color, la raza y la forma de vestir, además de por las proyecciones de nuestros temores y carencias.
El miedo con el que algunos van por la vida, unido al gusto de pacíficos ciudadanos de etnias minoritarias de vestirse, hablar y comportarse como verdaderos delincuentes, pueden producir situaciones desagradables.
Mencionaremos el caso Goetz. En 1.984 el tal Goetz era un norteamericano blanco que decidió ir por la calle con una pistola oculta para protegerse de la inseguridad ciudadana. Por aquel entonces los negros afirmaban su personalidad provocando al personal: Un pacífico contable negro podía llevar un peinado afro y unas vestimentas dignas de un terrorista de los "Black Panthers", un estudiante de piano ostentar unos contoneos al andar y un vocabulario digno del chulo de putas más arrastrado. Todo ello se conjugó el dia en que iba Goetz en el metro y unos adolescentes de color le pidieron dinero al parecer de forma que luego describió como "insolente". Goetz, basándose en su color y en su "lenguaje corporal" infirió que iba a sufrir una agresión, sacó la pistola y abrió fuego contra ellos, malhiriendo a dos. ¿Acertó, se equivocó? ¿Héroe o psicópata? Desde luego, por lo menos, una víctima de los prejuicios.
Este monumento al "off-topic", este himno al ladrillo, viene a cuento de que me gustaría compartir un sucedido que me ocurrió la otra noche.
Bajé a horas un tanto intempestivas, por lo menos para mí, a la tienda de chinos que todos vamos teniendo en la esquina y con horario sumamente amplio. Según iba llegando por una calle solitaria, me encontré con la siguiente escena: Un par de adolescentes canijos, con el pelo cortado al elegante estilo cenicero y vestidos con todos los requisitos para salir el la portada de una revista que incluya un reportaje sobre los "Latin Kings" estaban agrediendo a un chino cuarentón. Uno de ellos incluso lo estaba agarrando por el cuello. A su lado, una niña china, con la belleza de muñeca de porcelana de las niñas chinas, más que llorar berreaba desconsoladamente. Cerca, en la puerta de la tienda dos chinas jóvenes contemplaban la disputa con la cara de piedra que tan bien se les da poner a esta gente cuando no quieren demostrar sus emociones.
Uno, por historias y teorías que en parte ha tenido el descaro de contar aquí, va por la vida en régimen de "tolerancia cero". Así que primera impresión: Los chinos son gente honrada y pacífica, este se ve atacado po r dos delincuentes, voy a ponerme al lado del chino, el que da primero da dos veces, al primer delincuente juvenil le voy a dar por la espalda. Y primera reflexión: Voy a preguntar qué demonios ocurre aquí.
Los chavales, en estado de suma indignación, me contaron atropelladamente que se habían acercado a la tienda para comprar unas cosas y que se habían encontrado con el chino intentando introducir a la niña llorona en el contenedor de la basura. Mientras hablábamos, la expresión del chino fue ensombreciéndose adoptando la universal de "me han pillado, soy más culpable que Judas". Mientras, la niña continuaba llorando y las chinas jóvenes seguían con su cara de póker.
¿Manera adecuada de tratar a los niños que lloran en la tradicional China? ¿Desahogo de un psicópata? Está claro que en esta sociedad la niña estaba recibiendo un maltrato, y necesitaba y merecía proteccion, así que calmé a los chicos, y tras preguntarles si estaban dispuestos a declarar sobre los hechos, llamé a la policía local, que se personó en un pis-pas. Tras una breve descripción de los hechos a los policías, como yo no había sido testigo de los hechos y no pintaba nada, me fui con la música a otra parte, mientras me perseguía la siguiente pregunta: ¿Goetz hubiera disparado a los chavales?
Un saludo, y no, no pido perdón por el ladrillo, esto ya rebasa lo perdonable.
